Cimadevilla año 1976


Fuente diario el Comercio 08/12/2010

«¿Que si conocí a Rambal? ¡Cómo no lo iba a conocer!». No hay vecino de más de 40 años en Cimavilla que no haya compartido algún momento de su vida con Alberto Alonso Blanco ‘Rambal’, el popular personaje del Barrio Alto asesinado en su casa en la madrugada del 19 de abril de 1976 en circunstancias nunca aclaradas. La publicación por EL COMERCIO del archivo inédito del fotógrafo José Joaquín Fanjul, fallecido hace dos años, ha arrojado a la luz unas imágenes de un afable Rambal en su vida cotidiana. La misma cercanía y simpatía con la que cautivó a los playos en sus visitas diarias al lavaderu de la plaza de les Monjes, en donde charlaba de manera animada con las mujeres y mostraba en público su tan famosa socarronería sin ocultar nunca su homosexualidad.
«Recuerdo una vez cuando Rambal discutió con una señora en el lavaderu. Además del lavaderu, había un esclaraderu para aclarar la ropa. De repente, una señora se coló y se puso a lavar la ropa en el esclaraderu. Rambal le llamó la atención diciéndole que había que ser curioso y pulcro. Ella le contestó insultándolo y llamándolo ‘maricón de playa’. Y entonces él le respondió: ‘¿Cansaste de insultar? Porque te voy a llamar algo que nunca te han dicho: mujer honrá’. Y todos los que estábamos en el lavaderu empezamos reír». Carmen González Rea ilustra con esta anécdota la personalidad del popular personaje, labrada a base de conversaciones mordaces, bromas y chascarrillos. Como cuando acudía a casa de ‘Rita la Mona’ para usar su secadora y terminar así de lavar la ropa y le decía: «Vamos a coger esa secadora que tenemos tú y yo a medias». O como cuando, en uno de sus habituales viajes a Serín para coger castañas, robó de una finca dos huevos y se los metió en los bolsillos del pantalón. Pero en el trayecto de vuelta en el tren, se le rompieron y, ni corto ni perezoso, exclamó en voz alta: «¡Se me rompieron los huevos!», entre las carcajadas del personal.
«Era un trasto, muy simpático y encantador. Era muy buena persona», recuerda Ángeles ‘la Tarabica’, una de las muy pocas vecinas «de toda la vida y con apodo» que todavía quedan en Cimavilla. En esta línea también se expresaron Carmen González Rea y Alberto López Infanzón: «Era una persona muy bondadosa y simpática. Lo conocía todo el mundo de Cimavilla y todo el mundo lo quería». Esta afabilidad para con todos los vecinos hizo que las puertas de todas las casas del barrio siempre estuvieran abiertas para Rambal y, de paso, aprovechaba para entablar una irreverente y alegre conversación.
«Era muy espontáneo y dicharachero y estaba muy integrado en el barrio, además de que nunca escondió su homosexualidad. Era muy querido en Cimavilla», asegura Mario Martínez, el hijo de ‘Rita la Mona’. Concha Artime resume con una frase muy ácida todo el cariño que sentían los playos por Rambal: «El único que no lo quería fue el que lo mató».
Un crimen nunca resuelto
La simpatía, amabilidad y socarronería del popular personaje se borró de un plumazo la madrugada del 19 de abril de 1976. Aquella noche, Rambal fue asesinado en su propia casa en circunstancias nunca aclaradas y sin que se conociera ningún implicado en el trágico suceso. No obstante, muchos vecinos apuntan a la participación de alguna persona importante, de ahí que se decidiera ‘tapar’ el tema en unos tiempos convulsos para España y, sobre todo, para las élites de la Dictadura ante la intención del Rey y del Gobierno de desmontar todo el régimen franquista.
El funeral de Rambal fue la última oportunidad para que el barrio de Cimavilla escenificara su cariño por un hombre que acabó de dar forma al ambiente de camaradería y socarrón característico de los playos. «Más que un entierro, parecía una manifestación de la gran cantidad de gente que asistió», rememora Concha Artime. Por su parte, Mario Martínez añade que «se celebró un funeral como si se tratara de un personaje de alta alcurnia». Sin embargo, no todos acudieron al entierro del artista, quizá por mantener viva su habitual imagen en el lavaderu de la plaza de les Monjes. «Cuando murió no quise verlo», reconoce Ángeles ‘la Tarabica’.
No en vano, siempre quedarán los buenos recuerdos y las infinitas anécdotas protagonizadas por Rambal. Desde su manifiesta tendencia a disfrazarse durante las fiestas de Cimavilla -«con muy poco dinero hacíamos mucho», recuerda ‘La Tarabica’- hasta sus espectáculos diarios en el Babilonia, donde cantaba aquello de ‘Ojo, que viene el turco’. Pero sobre todo quedará la imagen del artista en el lavaderu de la actual plaza del Periodista Arturo Arias, charlando con las mujeres sobre cualquier asunto baladí y con la ropa a remojo. Por algo José Joaquín Fanjul eligió esta estampa para inmortalizar a Rambal.

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