Los Ulises de la ciencia


La ciencia, toda la explicación de sus fenómenos, sus demostraciones, sus descubrimientos… que recibimos en los libros o en las páginas web plácidamente sentados en un sofá, en una butaca confortable con una taza de café o lo que más gustes, en muchas ocasiones, si no las más, es el resultado de arduos trabajos de investigación, ensayo y error, abstrusos estudios matemáticos surgidos a partir de una intuición, una idea o de una observación. Y estas investigaciones, por sus dificultades, por lo difícil de su puesta en marcha, por circunstancias sobrevenidas, suponen a veces auténticas epopeyas más propias de las tragedias griegas de Homero que de un libro sobre ciencia. El texto que sigue, extraído de “Una breve historia de casi todo”, de Bill Bryson, muy, muy recomendable para cualquiera al que le guste la ciencia, y escrito de forma que resulta accesible para todos, ilustra bien a las claras un ejemplo de eso.

Todo empezó cuando Sir Edmund Halley, en honor del cual se puso después el nombre al cometa, había postulado que si el tránsito de Venus por delante del Sol era medido desde determinados puntos de la Tierra, por triangulación se podría calcular la distancia desde la Tierra al Sol. Sigue el texto:

Los científicos, con la inclinación a arrostrar penalidades características de la época, partieron hacia más de un centenar de emplazamientos de todo el planeta: Siberia, China, Suramérica, Indonesia y los bosques de Wisconsin, entre muchos otros. Francia envió treinta y dos observadores; Inglaterra dieciocho más; y partieron también muchos de Suecia, Rusia, Italia, Alemania, Irlanda y otros países.

Fue la primera empresa científica internacional cooperativa de la historia, y surgieron problemas en casi todas partes. Muchos observadores se vieron frustrados en sus propósitos por la guerra, la enfermedad o el naufragio. Otros llegaron a su destino, pero cuando abrieron sus cajas se encontraron con que el equipo se había roto o estaba alabeado a causa del calor del trópico. Los franceses parecieron destinados una vez más a aportar los participantes más memorablemente desafortunados. Jean Chappe pasó meses viajando por Siberia en coche de caballos, barco y trineo, protegiendo sus delicados instrumentos de las peligrosas sacudidas, sólo para encontrarse con el último tramo vital de la ruta bloqueado por los desbordamientos fluviales, consecuencia de unas lluvias de primavera excepcionalmente intensas, que los habitantes de la zona se apresuraron a achacarle a él después de verle enfocar hacia el cielo sus extraños instrumentos. Chappe consiguió escapar con vida, pero no pudo realizar ninguna medición útil.

Peor suerte corrió Guillaume Le Gentil, cuyas experiencias resumió maravillosamente Timothy Ferris en Coming of Age in the Milky Way. Le Gentil partió de Francia con un año de antelación para observar el tránsito en la India, pero se interpusieron en su camino diversos obstáculos y aún seguía en el mar el día del tránsito… Era precisamente el peor sitio donde podía estar, ya que era imposible efectuar mediciones precisas en un barco balanceante en movimiento.

Le Gentil, pese a todo, continuó hasta la India para esperar allí el tránsito siguiente, el de 1769. Como disponía de ocho años para prepararse, pudo construir una estación observatorio de primera categoría, comprobar una y otra vez los instrumentos y tenerlo todo a punto. La mañana del segundo tránsito, el 4 de junio de 1769, despertó y comprobó que hacia un día excelente. Pero justo cuando Venus iniciaba el tránsito, se deslizó delante del Sol una nube que permaneció allí casi las tres horas, catorce minutos y siete segundos que duró el fenómeno.

Le Gentil empaquetó estoicamente los instrumentos y partió hacia el puerto más cercano, pero en el camino contrajo disentería y tuvo que guardar cama casi un año. Consiguió finalmente embarcar, débil aún. En la travesía estuvo a punto de naufragar en la costa africana debido a un huracán. Cuando por fin llegó a Francia, once años y  medio después de su partida, y sin haber conseguido nada, descubrió que sus parientes le habían declarado muerto en su ausencia y se habían dedicado con gran entusiasmo a dilapidar su fortuna.

Las decepciones que sufrieron los dieciocho observadores que envió Inglaterra no fueron gran cosa en comparación.

El texto nos dice que toda la expedición por unas u otras circunstancias, fue un fracaso.

Pero sigamos con la narración. El éxito en la cartografía de un tránsito venusiano correspondió, sin embargo, a un capitán de barco de Yorkshire poco conocido, llamado James Cook, (el Capitán Cook) que observó el tránsito de 1769 desde la cumbre de un cerro soleado de Tahití y se fue luego a cartografiar y reclamar Australia para la corona británica. Cuando él regresó a Inglaterra, se dispuso de información suficiente para que el astrónomo francés Joseph Lalande calculase que la distancia media entre el Sol y la Tierra era de poco más de 150 millones de kilómetros.

Hoy se sabe que la distancia exacta es de 149,597870691 millones de kilómetros. Con lo que la medición del siglo XVIII no estuvo nada mal.

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