Litoral del gijonés romano


Hay nombres de lugares de Gijón que están relacionados con realidades que fueron en algún momento, como Ceares, Jove (consagrados a dioses romanos), Viesques (bosque), Los Campos(Elíseos), La Algodonera (fábrica) o El Humedal. También sucede esto con establecimientos, asociaciones y demás organizaciones, como la plataforma Villa-Ataulio, la cafetería Cocheras, el mesón La Florida, o la asociación de vecinos El Fumeru.
De todos ellos, el que más me intrigó desde siempre fue el de El Humedal; y es que cuando mis padres me decían en mi niñez que antiguamente el agua, en ocasiones, podía llegar a encharcar toda esa zona me resultaba imposible de creer. También contaban que mi abuelo
conoció, no solo el lodazal que era toda la zona del Parque Isabel La Católica, sino la del Parqué Inglés. Hablo, en este último caso, de la primera década del siglo XX. Estas historias en un niño de poco más de diez años son cosas que cuestan entender. Otra circunstancia difícil de asimilar era la de que Cimadevilla pudo estar conectada con el continente por un estrecho istmo de arena. Para una persona que desconozca totalmente las posibilidades de la ingeniería civil, la mera observación de la altura del muro de la playa de San Lorenzo en Campo Valdés o la del antepuerto en el Muelle hacen casi imposible creer tal circunstancia. La cuestión estuvo latente en mi cabeza hasta que hace unos años, en un artículo en El Comercio (no estoy seguro) se reproducía la parte relativa a este istmo, del libro de Joaquín Alonso Bonet. Su descripción es muy clara, y comprobarla a pie de campo, después de siglos de obras es difícil de comprender.
El año pasado me topé con otra de Luis Adaro. Y al describirla, se refiere también a los esteros que se formaban a ambos lados del mismo, en tierra firme. Me la tuve que leer muchas veces porque me resultaba imposible creérmela. Para el que no lo sepa un estero es una especie de pantano, un lugar anegable por entre otros motivos, el desborde de ríos en pleamar, que tal parece el caso de Gijón. Para comprender todo esto pues, hay que tener en cuenta al menos dos cosas: que la cuenca hidrográfica de la ciudad, hasta hace unos años añadía al Piles y al Aboño, arroyos como el Cutis, que si bien era menos caudaloso servía de curso para las internadas de la marea en tierra; y que hasta el último tercio del siglo XIX, la costa occidental gijonesa era una inmensa playa que se extendía desde “uno de los robustos paredones de la dársena” (del muelle, según Juan Junquera Huergo) hasta la punta de Coroña (hoy entre astilleros), y otra que abarcaba desde dicha punta hasta la de Otero, aproximadamente en donde se encuentra hoy la entrada sur al puerto de El Musel.
Con estas consideraciones, vamos a la descripción de los esteros y del istmo que hace Luis Adaro.
Además dilatábase el mar a su occidente por inmensa marisma, cuyas aguas refluían al Cantábrico en gran parte por el río Cutis, y al oriente otra marisma, con numerosas junqueras, tenían su desagüe por el lecho del río Piles“.

(…)las grandes planicies que la pleamar inundaba en extensas zonas que circundaban a Gijón, realmente eran dos. Uno de ellos fue el que andando el tiempo habría de formar parte de la jurisdicción de Villa-Ataulio y que debía llegar hasta la Subida de Santa Olaya, en el Natahoyo, por la cuenca del Cutis, también hasta la iglesia de Tremañes y abarcaba además todos los terrenos bajos, incluyendo en ellos los del Natahoyo, los del Humedal, La Braña, carretera de Avilés, los correspondientes a donde después se construyó el ferrocarril de Langreo, carretera de Oviedo y casi todo el barrio del Llano“.
De este párrafo me llama la atención que lugares tan aparentemente lejanos de la costa como la iglesia de Tremañes o La Braña fueran encharcados por la crecida de la marea.

El otro estero orietal, también abarcaba una extensión muy considerable, pues llegaba hasta las cercanías de la colina de Begoña, y pasando por el lugar de la futura Plaza de Toros, se adentraba por la cuenca de los ríos Piles y Granda, inundando la extensa pradería de Viñao y pasando por La Guía llegaba hasta las praderías que hoy día forman la posesión de los señores Pidal“. Los lugares que menciona de este lado, son más previsibles como inundables, aun así que las praderías del Viñao fuesen ocasionalmente anegadas por el agua es algo que resulta llamativo. Todo esto determina que el Gijón seco de la época romana fuese Santa Catalina con el istmo apenas sobre el nivel del mar, y luego la colina de Begoña como punta del continente. Una imagen a día de hoy inimaginable.

Pero, ¿y el istmo?
Dice Adaro: “Entre los dos ‘esteros’ quedaba el promontorio dode se afincaba el Castro romano, y bastante más atrás la colina de Begoña (con 14 metros sobre el nivel del mar), que hacía sus dos lados tenía un declive muy pronunciado. Este declive fue desapareciendo con el lento acarreo de las arenas en el transcurso de los siglos.

El istmo, tenía la banda que se orientaba al Oeste, constituida por terreno fangoso de turba y la correspondiente al lado Este, se componía de arenas.
El istmo, arrancando de Begoña, continuaba por donde hoy está la calle de la Merced, y pasando por la plaza Mayor, llegaba a los comienzos de Cimadevilla
“.

Para comprobar esto, un compañero me facilitó un mapa de cotas del terreno en el que, a pesar de los enormes cambios que el mismo experimentó en los tres últimos siglos, se puede apreciar que no va muy desencaminada la descripción de nuestros autores.

Altitud del terreno en tonos claros
Se puede observar que el istmo no era tan rectilíneo como nos contaban, sino que serpentea desde la Plaza Mayor, pasa por Santa Elena, Instituto, y sube a La Merced por Martínez Marina, desplazándose hasta San Bernardo al inicio de Munuza (perfectamente visible desde esta última calle), para volver Domínguez Gil, atravesar La Merced de nuevo y pasar por el Antiguo Instituto Jovellanos y subir por la calle Begoña.
Para mí, encontarme con esta imagen ha sido impagable.

Para acabar este largo post, quiero enseñaros esta otra para que se pueda comprobar la altitud del terreno de la ciudad y parte de alrededores, que demuestra diáfanamente la descripción de las zonas que en época romana quedaba anegada por pleamares o crecidas fluviales.

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